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La tiranía de lo eterno

La vida es una obra de teatro que nos termina por aburrir.

Lo que nos permite salir de toda esa lasitud que nos contamina de monotonía y búsquedas de la verdad, implica una comprensión a una atadura contra un muro de dudas que no deberían ser respondidas, porque estas, nunca se van a detener, es decir, las fugas para nuestras causalidades humanas, están impuestas por nuestro propios juicios irracionales, y eso es lo que nos propone inventarle a la vida un sentido per se, de otro modo estamos obligados a rodearnos y/o enfrentar el concepto de la finitud. 

Todas las cosas no se pueden explicar por una, si no por todas, cada una con su verdad y de este modo, la existencia se sostiene gracias a la negación de la razón humana. La comprensión de tener una razón para las cosas, descansa sobre una angustia que se tiende a divinizar, con un corte familiar en lo eterno, optaría por la idea en la que vivamos con lo que conocemos y no proyectar con algo más allá de lo sobrehumano o dicho de otro modo ¿Por qué la razón siempre debe de tener el rostro de lo humano? esa angustia, encuentra una placidez nuevamente dentro de lo eterno.

Decía Camus, que la vida se puede vivir mejor en cuanto menos sentido se le encuentre, el día a día resulta un desafío irreductible que con el afan de una justificación, nos hace creer en la noción de la libertad, pero no somos realmente libres si nos hemos abrazado a la idea de un ser que proteje nuestra existencia, un amo que define nuestras causas.                     

Las pasiones del mundo nos han devorado, porque los hombres de lo eterno han impuesto el señalar y el castigar, como si al destino le importara ser punitivo, lo único cierto, es que nadie ha probado ese fin para refutarlo, entonces encontramos una razón eterna para las cosas, y a este hombre eterno, que no puede estar tranquilo mientras no sea unificado, siendo así por su ego inmaculado, un ente único de consciencia, un ser solitario que se desprende de la filosófica fuerza de su verdad, que no le importa nada más que él mismo, y que gracias esto, he decidido volverme a ser de la nada y a que no se me propoga ningún destino o alguna gloria efimera.


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