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De la esperanza a lo finito

Entre la marcha de los días me agitan todos esos aires de nostalgia, son ecos en busca de un sentido al hoy, pero estamos encontrándonos con nosotros mismos, habitando la mirada más propia del ser humano, entendiendo que nos pertenecemos a los otros más que a nosotros mismos, por eso nos cuidamos y caminos cada día sobre la conciencia de la finitud

Estando presa a la observación de los detalles más mínimos, me puse a inquirir sobre la muerte, esa definición que cuando sucede, tiene muchas nuevas formas y conceptos profundos y/o reflexivos. Un problema actual que atravesamos por el coronavirus, es precisamente los principios éticos que debaten la muerte, pero hablamos de una muerte de "pocos" de la que realmente prestamos más atención, porque según las cifras más actuales, mueren por números superiores, las personas con mayor riesgo que sufren  enfermedades como diabetes o hipertensión, y que generalmente son de edades que superan los sesenta y cinco años o más. Si asumimos esta realidad, entonces estamos hablando de nuestros posibles padres o abuelos por mayoría. 



Por estas razones, la defensa de la vida es nuestra mayor causa, pero más allá de las éticas, dentro de nosotros existen también los apegos y los sentimientos, sobreviven siempre con la glorificación a los nuestros y sobre todo, la dignificación a la muerte. Las crisis siempre promueven más unión entre nosotros, porque todos los estados de desanimo traspasan barreras que conmueven, y en este momento, es la salvación de la vida de los que son más vulnerables la que nos atañe, pero también creo que inconscientemente, estamos unidos al hilo que pende de nuestra "suerte", porque reconocemos ese estado de finitud que hasta hoy nos hace a todos los seres vivos indiscutiblemente iguales. Entonces transitamos de a poco, por el temible camino de nuestra propia extinción, siendo conscientes de nuestra finitud, por lo que aceptamos encontrar memorias de nuestro presente y dejar un buen recuerdo de nuestras huellas. 

Sin embargo surgen los supuestos, a los que la humanidad en su abismal ambición, tiene por la obstinada permanencia, hablo de la inmortalidad. Hasta hoy los únicos que se vuelven eternos, son lo que edifican su legado a base de fama y marcas en sus vidas, por eso el afán de pertenecer a la historia, se vuelve un propósito para muchos, queda claro que aún no hemos logrado dominar ese estado de existencia infinita, por lo que enfrentar las latencias que deja la pandemia, despierta todas las inquietudes que alertan nuestro acto de existir. 

Posiblemente aún no tendremos alguna oportunidad para experimentar más allá de nuestra finitud, pero podríamos estar cerca de algo muy semejante a la inmortalidad ahora con las vivencias de nuestra cuarentena, y me refiero, a todos aquellos que han soportado las angustias del ocio y el no saber qué hacer con tanta libertad que nos da el tiempo, y este mismo tiempo se construye con desesperanzas de una lejana activación, con algo así, podríamos teorizar sobre una sensación de inmortalidad, tendidos sobre el anhelo de querer acabar con esta duración y buscando algún fin a nuestras vidas, siendo los humanos sin tiempo. 

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