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Ausencia de los tactos

Si alguna vez creímos pertenecer al espacio íntimo de otra persona, el paso del tiempo, firmó alguna sentencia para dejar de compartir aquellos momentos, ahora mantenerse alejado de tantos, se vuelve un complejo paradigma para la existencia y este efecto crea, un antagonismo al teatro de nuestra mente humana.


Estamos dejando atrás de a poco todo, y aceptando una fuga a la panóptica reciente, pero aún se disputa la dicotomía entre los partidos de la vida y el de la economía, cuán indefinido se mutó el período para regresar, este volver al nuevo comienzo, es en realidad un callejón sin salida, aunque se nutre con varias esperanzas salvadoras. 

La separación de los otros, agudizó todas las ansiedades latentes, hemos renunciado a la piel con piel, por todas las constantes amenazas y entre tanto vamos escapando hacía el último momento, la resiliencia es el mayor catalizador humano que podemos adoptar ahora, nos sufraga cuando las señales del cuerpo caen y gritan, entonces valoramos el eco que permanece entre nuestros recuerdos. 


Ya se apagó la cantinela que recitaba el "quédate en casa", ahora nos llenan con sofismas nuevos y un supuesto decálogo de principios a seguir, como si se tratara de algún antídoto que calma nuestra intranquilidad por alguna fuerza desconocida. Pero antes, ya nos llenábamos de optimismo y surgían valores y energías para dar pasos que se comen al mundo, hoy, para muchos resulta un desafío vivir sin sentir la sofocación del tiempo, mientras otros intentan anestesiar ese vacío con hedonismos y placeres breves, queriendo intensificar sus creencias, porque la desesperación rebasó los miedos y la necesidad de la ausencia de los tactos. 

No existe algún camino exacto que defina nuestro modo de sobrevivir, pero sabemos con qué no podemos estar y que nos permite adentrarnos, en la búsqueda inútil de sensaciones fugaces, alimentando cada día nuestras expectativas subjetivas.

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